La dignidad no puede ser encapsulada

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“¿Cree que podamos bajarnos?” se acercaron algunas madres a algunos de los organizadores de la Caravana de Madres de Migrantes Desaparecidos “Emeteria Martínez” cuando se enteraron que la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara aún estaba siendo celebrada en la ciudad. Sabían que no estaba en la agenda pero no querían desaprovechar la oportunidad para redirigir algunos de los rayitos de los enormes reflectores de la FIL hacia su noble y sufrida causa.

Después de consultarlo con la escolta de la policía municipal que los acompañó por Jalisco, los organizadores decidieron salirse del protocolo y manifestarse en la explanada –una plaza pública- que se encuentra a las afueras de la Expo Guadalajara donde se lleva a cabo la FIL. La idea era aprovechar los ríos de gente que inundan año con año la feria con la esperanza de que las exigencias de las mujeres pudieran llegar a más oídos y para que más ojos pudieran ver las fotos que traían de sus familiares desaparecidos en territorio mexicano.

Uno esperaría que el público “culto” y, sobre todo, los jóvenes, que año con año van a empaparse de Literatura a la FIL serían los más empáticos y solidarios con la encomiable causa de 45 madres que, con su búsqueda, nos han dado clases maestras de dignidad, amor y valentía. Sin embargo, cuando menos lo esperamos ese México apático, xenófobo y clasista suele materializarse con violencia como si de un tornado de ladrillos se tratara. Esta vez tomó la forma, ya clásica, del “encapsulamiento” con el pretexto de que las madres bloqueaban el paso. En esta ocasión no hubo granaderos armados con escudos y toletes como hace un año a las afueras de la FIL y en el Zócalo capitalino para las manifestaciones del #1DMx. Esta vez fueron en su mayoría jóvenes de servicio social de la Universidad de Guadalajara los que estuvieron asignados a tareas de vigilancia y control como trabajo temporal o para sumarle horas a su servicio social.

El cerco que hicieron estos jóvenes con otros elementos de seguridad de la FIL alrededor de la manifestación no fue violento pero evitó que las madres pudieran mostrar sus fotografías a los transeúntes, e impidió que estos se pudieran acercar a platicar con ellas. En pocas palabras, evitaron el necesario encuentro con el Otro y la formación de un Nosotros tan necesario para poder empezar a buscar no sólo a sus hijos, sino a las decenas de miles de desaparecidos que aún nos siguen faltando de México a Nicaragua.

Quizás años atrás las mujeres se hubieran retirado rendidas y cabizbajas al autobús, pero no el sábado, no después de nueve caravanas, no después de cargar tanto dolor a cuestas. Esta vez contraatacaron de la mejor manera posible, con el cañón sonante de la dignidad. Me cuentan que algunas madres amenazaron a los jóvenes con abrazarlos, mientras otras les desearon que jamás en su vida fueran a sentir el dolor de una pérdida. Todo esto mientras fuera del círculo algunos transeúntes les tiraban dardos como “Váyanse a sus países a hacer relajo” o “Pónganse a trabajar”. Estos dardos ya no pueden lastimarlas. Su camino ha sido tan complicado que ya no sólo son las mujeres que lloran –que lo siguen haciendo y nosotros con ellas- sino son mujeres que luchan, que exigen. Este crecimiento personal y colectivo, aunado a los cuidados que les brindan los organizadores del Movimiento Migrante Mesoamericano, fueron la clave para que los que se cansaran fueran los encapsuladores.

Me comentaron que ante las consignas las caras de algunos jóvenes cambiaron. Imagino que la cara cambia cuando estamos ante un dilema ético. Si alguno de los jóvenes que participó en el encapsulamiento lee esta crónica, espero que se dé cuenta que el sábado un puñado de madres les dio una gran lección de vida. Si su aprendizaje hubiera sido inmediato hubieran roto el encapsulamiento como quien juega a “Doña Blanca y su pilar es de chocolate”. Desgraciadamente no fue así. Hubiera sido hermoso que los jóvenes que fueron parte del operativo les hubieran dado la espalda a sus superiores –a la liberación de su servicio social o al exiguo pago- y se hubieran unido a la manifestación de las madres. No es un sueño guajiro, los antimotines tailandeses lo hicieron hace algunas semanas. Es una cuestión de empatía y valor.

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