Tomasa Pacjoj Shen y la lengua de la música y la esperanza

Foto: Encarni Pindado

Foto: Encarni Pindado

Qajawal kuyula qamak
Xa xuj makun chuwachla tat
Sacha’la qamak qonojel

Jesucristo yala’ chaqe
Kikotemal chewe q’ij ri’
Rech nojim kujel pari k’ax
(Bix rech ri Mixa Pa k’iche’ tzij)

Perdona nuestros pecados
porque hemos pecado contra ti
perdona los pecados de todos

Jesucristo danos a nosotros
alegría en este día
para que nosotros salgamos en esta oscuridad
(cantos para la misa en idioma quiché)

Tomasa Pacjoj Shen y la lengua de la música y la esperanza

Tomasa Pacjoj Shen es del municipio de Chichicastenango, departamento del Quiché, Guatemala. Tiene 32 años y un hijo de siete, habla quiché y español, y viste ropa con bordados de una manufactura exquisita. Hemos platicado un buen rato sobre la diferencia de la comida de su lugar de origen y de México, y cuenta que en su tierra los tamales son de arroz. La primera vez que vino al país fue en la caravana de 2011 con el propósito de encontrar a su esposo Pedro Morales Gonzales de 27 años desaparecido en 2010. Al momento de comparar sus dos viajes por el territorio nacional, Tomasa reconoce que ahora hay más apoyo de los albergues, las organizaciones y las parroquias, para hospedar y alimentar a las madres en la ruta. Ella asegura que lo más importante en estos años es que ha perdido el miedo: “ahora siento que voy superando el miedo porque es necesario que una persona enfrente todo lo que le pasa en la vida. Estuve un buen tiempo muy mala, traumada y muy nerviosa, y gracias a dios como que lo voy superando”.

La desaparición de su esposo es un hecho que marcó su vida y la de su familia. Tomasa explica que tener un desaparecido significa estar en un estado de constante incertidumbre y sufrimiento, por eso tuvo que hablar con su familia y ver a una experta que diera seguimiento a su caso: “fui a pedir ayuda con una psicóloga y ella me trató, además mis padres me dijeron que tenía que luchar porque tengo un hijo. Si me muero quién se va a encargar de mi hijo”. La historia de Tomasa es un caso muy especial de empoderamiento y liderazgo. En su comunidad comenzó a organizar a las mujeres para sacarlas de sus casas y así desarrollar proyectos de emprendimiento social. El trabajo con sus compañeras poco a poco fueron convirtiéndola en una líder en Chichicastenango, especialmente, porque ella habla quiché, la lengua de su región y español, la lengua con la que siente que la miran y la toman en cuenta: “hay cosas que quiero decir en español pero se me van de la mente, pero yo puedo hablar en quiché. Lo que quiero decir es que ojalá que nos escuchen y nos entiendan como indígenas”.

Tomasa expresa con firmeza y confianza su deseo de estudiar derechos humanos para ayudar a las mujeres de su comunidad, especialmente, aquellas que no hablan español: “necesito estudiar para animarlas. Animo por todo lo que he visto en estas caravanas. A nosotras nos han rebajado el autoestima como mujeres y tenemos derecho de seguir adelante. No tengo estudios pero trato de hablar español y sacar eso que yo tengo que enfrentar. En esta caravana como que el fruto que llevo es que quiero estudiar”.

Escuchar a Tomasa nos obliga a pensar y sentir en dos lenguas en los instantes en que el español le resulta insuficiente, limitado y corto de imaginación. Cuando el español claudica, el quiché se revela con la palabra precisa: “así como le digo, hay palabras que uno quiere expresarse pero no salen por los nervios o porque uno no conoce bien el español. Con mi lengua eso no pasa”. El quiché de Tomasa me obliga a poner a prueba mi capacidad de interpretar sus gestos y diferentes movimientos corporales. Me extravío en lo que dice y entro en un estado de frustración, sin embargo, reconozco algo nuevo en su forma de hablar: la musicalidad, el ritmo y la dulzura del quiché. Me mira a los ojos y hace una transición al español para sorprenderme: “si usted quiere hablar en quiché es posible, no hay una cosa imposible, si quiere estudiar estudie, es necesario para que usted pueda hacer un trabajo con los indígenas porque muchos no hablan español”.

Termino la entrevista y pienso que para Tomasa y las madres de la caravana lo imposible las hace gritar, llorar e indignarse. Aceptar y subordinarse a lo imposible es legitimar el triunfo de la realidad y el fracaso del sueño, es resignarse al ascenso del desconsuelo y el derrocamiento de la esperanza. Tomasa ya no piensa en imposibles, quizá por eso el trauma por la desaparición de su esposo lo ha transformado en su fuerza interior.

Texto Raúl Diego Rivera Hernández

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